October 22
Ley y orden
El paladín de la
justicia emergió con su estudiado aspecto desenfadado. Se sabía mejor que sus
congéneres, no cabía duda alguna de que cualquiera de sus pensamientos valía más
que los de cualquier otro simple mortal. Su defensa de causas nobles lo había
convertido en el adalid de la región. El apoyo incondicional de sus huestes lo habían
elevado a los altares, y desde allí contemplaba su reino con una sonrisa de
satisfacción: "Son tan altos mis ideales ", parecía decir, "que
todos os beneficiaréis de ellos, porque yo sé lo que es bueno para vosotros".
Y entonces sacó un decálogo, las nuevas Tablas de la Ley, y con voz ceremonial
dijo:
"Estos son mis principios y vosotros mis apóstoles. ¡Ay de quien ose
contravenirlos, pues sólo encontrará mi desprecio! ¡Ay de quien alce su voz
para dudar de ellos, porque son la
Palabra y se volverá contra él! ¡Ay de quien no los transmita
entre las gentes, porque será juzgado!".
Los presentes lo aplaudieron y vitorearon con alegría, pero cuando la algarabía
disminuyó una voz surgió de entre la muchedumbre: "¿Por qué eres mejor que
yo?", preguntó. Se hizo un silencio sepulcral, las gentes se miraban con
desconcierto, sin dar crédito a lo que acababan de escuchar. El caudillo alzó un
cetro dorado y rugió:
"¿Tú, ignorante, te atreves a preguntar? ¿Tú, desdichado, te crees mejor
que yo? ¿Tú, fracasado, acaso te atreves a cuestionarme? Yo estoy aquí porque
un mundo lleno de individuos como tú sería un estercolero. Yo estoy aquí para
demostrar que tú eres tan malvado como el peor de los ladrones. Yo estoy aquí
para impartir justicia. ¡Y tú eres culpable!".
El individuo, lejos de amilanarse, y ante los ojos atónitos de quienes le
rodeaban, insistió: "Pero, ¿por qué? Ya existen leyes para juzgarnos. Y yo
no soy culpable de nada. Y si creyeras que he hecho algo malo, sería inocente
hasta que se demostrara lo contrario. Tú no eres Dios". El emperador montó
en cólera, pergeñó su más elaborada mueca de desprecio y, dirigiéndose a la
multitud, ordenó:
"Conducidlo a la prisión y recluidlo. Corred todos los pasadores, cerrad
todas las cerraduras y lanzad las llaves a lo más profundo del lago. Alejad a
vuestras familias de él y dejad que se pudra en su celda. Porque yo lo he
juzgado y he visto la culpabilidad en sus ojos. ¿Alguien quiere decir algo más?".
Nadie dijo nada. Prendieron al individuo y cumplieron las órdenes. A un
movimiento de la mano del faraón se disolvió el gentío.
Ya solo, el soberano se sentó y reflexionó sobre su bondad. Sabía que él era el
elegido. Y decidió cuál sería su nombre a partir de entonces. Se haría llamar
Su Alteza el Príncipe Makiavelo.