September 28
Callar o hablar
Llevo dos meses
callado. Esto no es nuevo, ya que me ocurre cada equis tiempo. En otras
ocasiones me he justificado con la excusa de que no tengo nada que decir, y
ahora también hay parte de eso. Pero no todo. En realidad diría muchas cosas,
pero dado que tan sólo servirían como desahogo personal y para nada más, pues
me cuesta ponerme.
Porque hablaría de la coyuntura social, política y económica actual, y me
despacharía bien a gusto contra buena parte de la población de este país, todo
ese atajo de personas incapaces de reflexionar dos minutos con un mínimo de
inteligencia. Esos que son incapaces de asumir sus responsabilidades y piensan
que el Estado es el responsable de todo lo malo que les pasa, y en cambio todo
lo bueno se lo ganan ellos con su único esfuerzo. Esos que denostan a toda,
absolutamente toda, la clase política mediante la típica argumentación de
"están ahí para robar, o para continuar robando". Claro, esa misma
gente pide el mayor respeto para ellos y los de su clase, pero no son,
evidentemente, recíprocos en el trato.
Es como si yo digo que todos los taxistas son unos fachas que escuchan la COPE; o que todos los
funcionarios son vagos; o que todos los psicólogos han estudiado psicología
para curar sus propios traumas; o que todos los curas son pederastas; o
cualquier otra cosa. ¿Qué diría el colectivo afectado en cada caso? Pondría el
grito en el cielo, y si yo fuera alguien influyente sin duda alguna recibiría
denuncias por parte de asociaciones, agrupaciones, etc. Por suerte o por desgracia, no soy alguien
influyente. Y tampoco pienso así.
Estoy harto de quien se dedica cada dos por tres a decir que no es nadie para
explicar a la gente el porqué de las cosas, o cómo deben hacerse, o dar pautas
de actuación, y que en realidad se pasa todo el tiempo explicando a los demás
el porqué de las cosas, cómo deberían hacerlas y qué pautas de actuación
deberían seguir. De quien suele manifestar una absoluta falta de respeto por
los que contravienen, incluso educadamente, su opinión. De quien, en
definitiva, amparado en un pensamiento plagado de lugares comunes que, sin
embargo, cree propios, es capaz de afirmar que "los políticos, cuando ya
han pillado o aspiran a pillar más, abren un blog un par de meses en campaña
electoral", o que un aspirante a entrar en política debe aplicarse en
"aprender a soltar demagogia, a mentir y a justificar facturas de dietas,
que son las tres cosas básicas para entrar en política". De quien cree que
su conocimiento del mundo es tan absoluto como para soltar tales memeces. De
quien se baja los pantalones cuando alguien con traje y corbata tiene la
deferencia de dorarle la píldora.
Y hablaría de esa gente y daría igual, porque siempre habría quien me criticara
por no valorar su trasfondo bienintencionado. Y tampoco serviría de nada que yo
replicara argumentando que ni siquiera las buenas intenciones deben
desarrollarse de modo fascista. ¿De qué sirve discutir con quienes no están
dispuestos a admitir que no son infalibles, que tal vez no estén en posesión de
la verdad absoluta? Porque si a ese alguien le explico que hay gente que se
dedica a la política perdiendo dinero todavía tendría la desfachatez de decir
que eso es mentira, y que si es verdad es porque es idiota. Y si le digo que
existen blogs y páginas web de políticos individuales y de grupos políticos que
se dedican a informar de las actividades que realizan, en positivo y siguiendo
su argumentario ideológico, me dirá que son cuatro y que no los conoce nadie.
Pero claro, es que hay gente que encuentra un problema para cada solución.
Es difícil, en nuestra sociedad, lograr que la gente razone con un mínimo de
inteligencia o, por lo menos, con la mente abierta. Nadie se atrevería a decir,
por ejemplo, que el hecho de tener un coche lo convierte en mecánico, que
decidir cómo quiere que sea su cocina lo transforma en arquitecto, o que saber
hablar la lengua materna lo convierte en filólogo o lingüista; sin embargo,
todo el mundo cree que tener un hijo lo convierte en padre o madre. Lamento
comunicar que no es así: tener hijos y no ser yonqui o maltratador no convierte
a alguien en padre o madre (aunque biológicamente sea así). Y mucho menos, por
supuesto, lo convierte en experto en educación: tratar de dar explicaciones
sobre cómo debería ser nuestro sistema educativo es mostrar un claro menosprecio
a todos aquellos profesores, pedagogos, psicólogos y sociólogos que dedican su
vida a intentar mejorarlo, en el fondo y en la forma.
Pero, ¿qué más da? Todos sabemos de todo, y más que nadie, ¿verdad? En las
encuestas preguntan a la gente si está de acuerdo, por ejemplo, con las medidas
anticrisis del gobierno, y la gran mayoría responde que no. Lástima que se
quede ahí la encuesta, porque la siguiente pregunta debería ser "¿cuáles
son esas medidas?", a lo que casi nadie sabría responder, o lo haría
equivocadamente. Y no estoy diciendo que todos tengamos que saber y entender
cosas como estas, ya que no tenemos por qué ser expertos en economía o estar al
día de todo, pero sí que pediría que la gente tuviera un mínimo de vergüenza y
que, si no sabe de qué está hablando, no opine y que después busque información
para poder hacerlo. Nos ahorraríamos muchas gilipolleces.
Por ejemplo, cuando apareció Leopoldo Abadía y empezó a hablar de la que él
denominó "crisis ninja", fue fascinante la cantidad de gente que
empezó a asegurar que tenía razón, que eso sí que era explicar bien las cosas,
que era "tan" cercano, "tan" comprensible..., incluso en
los medios de comunicación. El profesor Abadía tiene todo el derecho y la
capacidad del mundo para hablar de ello, pero me sorprende que el común de los
mortales, que lo más cercano a la economía que han leído es el folleto del
Carrefour, se lancen a opinar sobre lo gran economista que es este señor y la
razón que tiene. ¿Con qué lo comparan?
A veces pienso que soy yo el idiota, que debería ser más simple y sacarme de
encima toda responsabilidad sobre mi vida. Podría decir que si mi sueldo no me
da para pagar mis dos coches (el 4x4 y el de diario), mis vacaciones al Caribe
(con todo pagado) y la hipoteca de mi vivienda (muy por encima de mis
posibilidades y sobrevaloradísima) es por culpa del gobierno; que todos los
profesionales que me rodean en mi vida son idiotas y un atajo de ladrones, y
que yo sí que les pondría las pilas a todos; o que... Cualquier cosa, menos
aceptar que yo puedo ser responsable de algo. Probablemente, viviría más
tranquilo.