July 23
Yo le canto a Proserpina, aquella cuyo hijo orina en la cálida piscina
"¡Izan, Izan!
¡Ven aquí, corre!". Izan es, obviamente, Ethan, y la que profiere los
gritos su madre. Una madre en bikini –estamos en la piscina–, edad indefinida
entre los treinta y algo y los cuarenta y algo, tatuaje indescriptible en su
omoplato derecho. Si justo antes de hacerse el tatuaje le hubieran enseñado cuál
sería su imagen años después, seguramente hubiese cambiado su decisión y no se
lo hubiera hecho. Pero ahí está. Es de suponer que sabe cómo se escribe el
nombre de su hijo, aunque personalmente tengo mis dudas.
Ethan tiene pis. Su madre debería conducirlo a los lavabos, pero considera que
el trayecto es demasiado largo. Coge al niño y lo pone a orinar en los rosales
que bordean la zona de solarium de la piscina. Qué asco... Si lo hiciera yo
seguramente me echarían, me insultarían, me multarían, me castrarían... Pero
los niños son tannnnnn moooooooooonossss...
Está prohibido fumar. Multitud de carteles, uno en cada árbol, avisan de ello. Pero
eso a la madre de Ethan le importa bien poco. Tal vez porque no sabe leer, no
lo sé, pero ella fuma. Sin complejos. Bueno, fuma ella y un montón de gente. A
los vigilantes no les preocupa lo más mínimo. Sólo se ocupan de abroncar a
algunos adolescentes hiperhormonados que juegan a lanzarse, de forma peligrosa,
a la piscina. ¡Qué bonito es el civismo...!
Frente a mí aparece un tipo conocido. No lo soporto. Parece un cerdo, tiene
aspecto de cerdo, de hecho es su cara la que lo asemeja a un cerdo. Y su
actitud también: se le ve muy autosuficiente. Una autosuficiencia de esas que
tiene el necio que pontifica y que se otorga la razón a sí mismo en virtud de
la autoridad que le confiere haberse comprado un 4x4 último modelo.
"Si te dicen que caí" permanece abierto entre mi mano y la toalla. Me
resulta difícil sumergirme en él a causa de tanto estímulo auditivo y visual.
Una manada de adolescentes habla como si estuvieran a kilómetros de distancia
unos de otros. Cosas del equipo de fútbol sala en el que juegan. Interesantísimo.
Se diría que pretenden que todas las adolescentes de la piscina sepan que ellos
son los reyes del mambo. Pero ellas están a lo suyo, jugando a cartas.
Mis hijos vienen corriendo, empapados, hasta la toalla, y he de recordarles por
enésima vez que no hace falta que corran, que el mundo aún no se acaba, y que
hagan el favor frenar antes, porque me salpican a mí y al libro. "¿Podemos
ir a la piscina grande?". "Esperad dos minutos a que vaya yo, ahora
os aviso". Y se vuelven a la pequeña.
Pereza. Me levanto, me quito las gafas, compruebo que el bañador está atado y
les digo que ya pueden ir. Mientras se meten en la grande yo miro la ducha con
pocas ganas. El agua de la ducha siempre es más fría que la de la piscina, pero
es obligatorio pasar por ella. La abro y me pongo debajo. Vale. Me meto con
calma en la piscina grande, con los pequeños. Nado un poco, nadamos un poco,
esquivando a los idiotas que se lanzan en bomba o dando volteretas sin
importarles quién hay debajo, y buscamos un hueco en el borde para jugar un
rato. Buceo. Cojo aire y me sumerjo, vacío mis pulmones poco a poco hasta que
acabo depositado en el fondo de la piscina. Me siento. Allá abajo todo parece
diferente. Se me acaba el aire y salgo a la superficie. Estoy harto de las
gafas de piscina, de la goma del pelo con la que me lo recojo y de los gritos
de la gente. Seguimos jugando.
Empiezo a estar demasiado arrugado, así que los mando de vuelta a la piscina
pequeña mientras yo vuelvo a ducharme y me dirijo a la toalla. Me seco y cojo
el libro. Dentro de poco más de media hora tendremos que irnos.
"¡Izan, Izan! ¡Ven aquí, corre!". Izan es, obviamente, Ethan, y la que
profiere los gritos su madre. Una madre en bikini...